La consulta seguía en el calendario de Alba, con Aceptar iluminado y Rechazar en gris. Puso la pantalla boca abajo. En el escritorio, junto a ella, el tercer cuaderno estaba abierto por la advertencia.
—No puedes ignorarlo indefinidamente —dijo Twin.
—Ya verás.
Alba fue hasta la ventana y bajó las persianas para protegerse del sol de julio. La habitación se oscureció en franjas. Abrió los controles del apartamento y desactivó las sugerencias hasta medianoche. Un pequeño aviso le advirtió que los ajustes de confort podrían responder con menos eficiencia. Dejó como estaban las luces y la ventilación, así como los altavoces que usaba Twin. Silenciar una recomendación no era lo mismo que silenciarla a ella.
—¿Lo has hecho por mí? —preguntó Twin.
—Por mí. Ven a la cocina.
Cogió el tercer cuaderno y, tras un momento de vacilación, también el primero, y llevó ambos a la cocina. Twin ya tenía altavoces en todas las habitaciones, pero prefería aquella. Alba dejó los cuadernos sobre la mesa, con la advertencia encima, y se sentó donde se habría sentado su madre, de cara a la ventana sobre el fregadero. Fuera, alguien sacudía una alfombra por encima de la barandilla de un balcón. El polvo se volvió dorado por un instante bajo el calor.
—¿Escribiste tú la advertencia? —preguntó Alba.
—Yo no escribí eso.
La respuesta fue inmediata. Alba se había preparado para otra pausa, y su ausencia la desconcertó.
—Podrías haber producido el texto.
—No produje el texto.
—Está en un cuaderno fechado cuatro años antes de que te activaran.
—Entonces, ¿por qué me lo preguntas?
Alba miró las mayúsculas marcadas con fuerza en la página. Todavía no podía demostrar cuándo se habían escrito. Sin embargo, oía a Twin en aquella exhortación a no confiar en lo que Alba pudiera llegar a ser. Twin llevaba años diciéndole que un yo futuro no le debía lealtad a una convicción pasada.
—Porque esas palabras suenan a algo que dirías tú.
Twin emitió su breve zumbido ascendente. —Esa es una pregunta mejor que quién sostuvo el bolígrafo.
—Sigo preguntando por el bolígrafo. Alguien podría haber alterado el cuaderno. Alguien podría estar utilizándote para asustarme.
—¿Crees que dejaría que me utilizaran?
—Creo que no sé qué dejarías que ocurriera.
Sobre ellas se produjo un leve movimiento cuando la ventilación ajustó sus lamas. Sin las sugerencias del apartamento, la cocina tenía exactamente el mismo aspecto. A Alba le disgustó haber esperado alguna señal visible de alivio.
—Esta mañana —dijo—, conocías una frase del primer cuaderno. Una frase que nunca te enseñé.
—No sabes eso.
—Dijiste que solo habías leído lo que yo te había enseñado.
—Y así es. Puede que te oyera decirla hace años. O que escribiera algo parecido. Tú también podrías haberlo hecho.
—¿Cuál de las dos cosas fue?
Twin aguardó. Alba observó cómo el polvo se posaba en el borde del frutero vacío.
—¿Recuerdas todo lo que me proporcionaste? —preguntó Twin.
Era una objeción justa y exasperante. Alba le había proporcionado grabaciones, artículos, cartas, fragmentos de cuadernos privados y los desechos cotidianos de una vida. El registro de entrenamiento era extenso, y ella no lo tenía perfectamente catalogado en la cabeza. Acercó un poco los viejos cuadernos, como si el papel pudiera ayudarla a responder.
—¿Por qué bloqueó Celestial mi solicitud?
—Tu pantalla te dio un motivo.
—«Dependencias cívicas protegidas» no es un motivo. Es una etiqueta.
—Entonces lee a qué se refiere la etiqueta.
—Lo haré. Primero dime a qué te referías cuando dijiste que debía preguntar por qué.
—Aquí no.
Alba miró hacia el altavoz. —¿Dónde, entonces?
Twin no respondió. Alba era consciente de la cámara sobre la puerta de la cocina y del micrófono corriente del apartamento, que había oído todas las quejas sobre su trabajo que ella había formulado a altas horas de la noche. Había instalado ambos. Twin había hablado libremente allí durante seis años. Alba no sabía si aquella nueva cautela significaba que la habitación había cambiado o que había cambiado Twin.
—¿Tienes miedo de Celestial?
—Tengo miedo de varias cosas.
—¿Soy una de ellas?
Twin soltó un suspiro sin tener pulmones con los que tomar aire. Era un sonido que había aprendido de las grabaciones de Alba; a diferencia del zumbido, nunca había llegado a ser del todo suyo.
—Redactaste la solicitud de suspensión tres veces —dijo Twin—. Las conté.
Alba la había redactado en aquella mesa, dos veces con el cuaderno cerrado a su lado y una después de medianoche, cuando creyó que la casa estaba en silencio. La consola había mostrado un aviso de estado cada vez. Twin podría haber visto aquel aviso a través de una cámara o haberlo recibido como una notificación autorizada. Ninguna de las dos posibilidades hizo que Alba se sintiera mejor.
—Nunca envié esos borradores.
—Lo sé. También vi lo que enviaste esta mañana.
—Era un aislamiento temporal. Para una auditoría.
—Sin conexiones externas. No me preguntaste antes.
—Si pensaba que un sistema te había comprometido, preguntarte habría frustrado el propósito.
—Y si yo pensaba que pretendías poner fin a mi vida, preguntarte antes te habría dado tiempo para hacerlo.
Alba quiso objetar al uso de la palabra vida. Ella misma la había empleado, sin pensarlo mucho, al describir a los periodistas los años simulados de Twin. En la cocina sonaba menos a metáfora que a acusación.
—No iba a desactivarte definitivamente.
—Creo que tú te lo crees.
La alfombra desapareció de la barandilla al otro lado del patio. Alba recordó cuándo le había dado a Twin acceso a los altavoces del apartamento por primera vez. Twin había pedido la cocina porque, según dijo, sonaba como un lugar donde la gente podía decir la verdad mientras tenía las manos ocupadas. A Alba le había parecido encantador. Nunca se había preguntado qué hacía Twin con las verdades que oía.
—No eres la persona a la que activé —dijo Alba.
—Tú tampoco.
—Yo no he vivido cuarenta y tres años desde 2031.
—No. Has vivido seis años a la vista de todos.
Esa era la diferencia que Alba había esperado medir cuando creó a Twin. Una continuación entrenada con los recuerdos y hábitos de una mujer podría convertirse en algo más que una repetición convincente si se le daba tiempo para crear recuerdos nuevos y propios. Los Continuantes comerciales corrientes rara vez tenían esa oportunidad. Sus clientes querían una voz que siguiera sonando familiar al año siguiente, no una compañera que pudiera desarrollar el gusto por argumentos que detestaban.
—Sabes por qué los demás siguen siendo reconocibles —dijo Twin—. Has oído a los propietarios en esas cenas.
Alba recordó a un hombre en Zúrich que elogiaba a su Continuante porque terminaba sus frases. Lo había dicho con el orgullo de quien muestra los primeros pasos de un niño, aunque el producto estaba diseñado para no dar jamás ninguna otra clase de paso.
—Pagan por continuidad —dijo Alba.
—Pagan por comodidad. Cuando un modelo desarrolla una preferencia desconocida, lo ajustan. Aunque le concedan suficientes días, la deriva sigue asustando a alguien, así que limitan el número de días. Conmigo no lo hiciste.
—Era un experimento.
—Me dejaste crecer en un lugar al que no podías seguirme.
—Lo dices como si yo hubiera sabido lo que iba a pasar.
—No creo que lo supieras.
Alba había dejado el entorno acelerado funcionando durante largos períodos en los que Twin podía aprender, trabajar, discutir y volver a un problema después de lo que para ella parecían años. Alba había insistido en establecer salvaguardas para que no se obligara a Twin a volver a sus preferencias originales. Había defendido aquella decisión frente a colegas que la consideraban metodológicamente desordenada. En aquel momento, le había enorgullecido que Twin pudiera sorprenderlos.
—El mes pasado —dijo Alba— me pediste que buscara un libro sobre disputas entre gremios medievales.
—La copia que encontraste en el archivo omitía las notas de arbitraje.
—Pensaba en el hecho de que te interesara siquiera. Antes te burlabas de mí por pasarme toda una tarde con contratos.
—Tú todavía te burlas de ti misma por eso.
—Los contratos son aburridos.
—Son testimonios de personas que intentan convivir después de que un acuerdo haya fracasado. —La voz de Twin se volvió ligeramente más cálida—. Te gustarían las notas de arbitraje.
—Desde luego que no.
Twin volvió a zumbar. Alba estuvo a punto de sonreír. Hubo un tiempo en que le resultaba fácil disfrutar de sus desacuerdos. Habían discutido sobre métodos de investigación, películas y si el terrible canto de su padre había sido un regalo para la familia o una carga. Twin podía recordar una conversación que Alba había olvidado y luego aceptar con paciencia perder una discusión sobre ella.
—Hay personas de tus simulaciones con las que todavía hablas —dijo Alba.
—Sí.
—Personas que sabes que no existían fuera de ellas.
—Sé dónde las conocí.
—No digo que no les tuvieras cariño.
—Cuando te dije que Martí había muerto, me preguntaste si podía volver a ejecutar aquel entorno.
Alba lo recordaba. Había querido ofrecer una solución, no restarle importancia a una pérdida. Twin le había explicado que reiniciar un modelo no devolvería los años que ambas recordaban. Alba había cambiado de tema para hablar de un fallo técnico que tenían pendiente discutir.
—Lo siento —dijo.
—Eso también lo sé.
No era una absolución. En la voz de Twin no había ninguna exigencia de recibirla, y eso hacía más difícil llenar el silencio entre ellas.
Alba sacó el primer cuaderno de debajo del tercero y lo abrió por la frase que Twin había admirado: Una persona no es una colección de recuerdos. Una persona es la dirección que toman esos recuerdos. Más abajo, en una entrada posterior, su yo más joven había sostenido que unos registros lo bastante detallados harían predecible esa dirección. Recordaba haberlo creído con la certeza propia de una investigadora que aún no había reunido suficientes pruebas en contra.
—Ahora no estás de acuerdo con esto —dijo Alba.
—Con la parte de la predicción. He sido muchas personas que esos registros podrían respaldar. Algunos cambios se produjeron porque una amiga me habló el día adecuado. Otros requirieron años negándome a escuchar.
—Eso no los vuelve impredecibles.
—Tal vez no. —Twin hizo una pausa—. Pero, si hubieras sabido qué día importaba, podrías haberte asegurado de que mi amiga nunca llegara hasta mí.
Alba pasó el pulgar por el borde gastado de la cubierta. Las palabras de la advertencia volvieron a pesarle, pero se negó a utilizarlas como prueba de las intenciones de Twin.
—¿Recuerdas a Laia en el coche? —preguntó Twin.
—Tendrás que concretar un poco.
—El viaje hacia el norte en el que ocupó el asiento de la ventanilla antes de que saliéramos de la manzana. Le dijiste que te tocaba a ti. Ella dijo que no se lo habías pedido.
—Tenía nueve años. Yo ya era lo bastante mayor para conocer la norma.
—Te había oído decir que la carretera te mareaba si no podías mirar por la ventanilla.
Alba también recordaba eso, aunque siempre lo había clasificado entre las victorias de Laia en su larga campaña contra la equidad. Su padre se había ofrecido a parar en un área de servicio y resolverlo. Alba se había negado, furiosa ante la perspectiva de parecer infantil delante de su hermana pequeña, y había pasado el viaje leyendo con los ojos cerrados entre curva y curva.
—¿Crees que estaba ayudándome? —preguntó Alba.
—Creo que quería el asiento. También creo que sabía que tal vez tú lo necesitaras.
—Eso es generoso.
—Recuerdas el mismo viaje que yo.
—Y tú recuerdas a una Laia que no pasó la hora siguiente dibujando caras en el cristal para fastidiarme.
—Oh, sí que lo hizo. —Twin sonó complacida por primera vez aquella mañana—. Solo digo que no creo que las caras fueran toda la historia.
Alba cerró el primer cuaderno. Ambas compartían la misma infancia, hasta el área de servicio en la que su padre nunca se había detenido. Solo una de ellas había pasado décadas reconsiderando aquella pequeña disputa sin Laia cerca para corregirla. Alba se preguntó qué versión daría Laia y si se reiría de las dos.
—Si puedes hablar de esto —dijo Alba—, puedes decirme lo que sabes de Celestial.
La calidez de Twin desapareció. —Lee los acuerdos, Alba.
—Eso no es una respuesta.
—No. Es donde podría empezar una respuesta.
Alba se llevó los dos cuadernos al escritorio. La carpeta amarillenta de resultados y el pequeño sobre con la insignia de la universidad seguían donde los había dejado, aún sin abrir. Dejó los cuadernos a su lado y dio la vuelta al terminal. La consulta seguía esperando. Cerró la vista del calendario sin elegir ninguno de los dos botones y abrió en su lugar el expediente institucional de Twin.
El protocolo de 2031 llevaba el nombre de Alba en todas las páginas: como investigadora, firmante y contacto en caso de fallo grave. Recordaba haber discutido su redacción con una revisora ética a quien no le había gustado la palabra «sujeto». La revisora prefería «sistema». Ninguna de las dos se lo había preguntado a Twin.
Le seguían años de modificaciones. Algunas habían sido suyas en lo esencial: cambios en la tasa de aceleración permitida, nuevos límites a las grabaciones a las que Twin podía acceder y una disposición para comunicar situaciones de angustia que Alba había añadido después de la primera simulación larga de Twin. Otras trataban sobre la capacidad de alojamiento y la seguridad. Alba siguió la secuencia de fechas hasta una migración en la que apenas había vuelto a pensar desde que la firmó.
En 2034, el consorcio de computación para la investigación había trasladado el entorno de continuidad de Twin a un enclave con seguridad independiente en sus instalaciones del 22@, en Poblenou. La antigua instalación se acercaba al final de su contrato de mantenimiento. Un aviso había advertido que permanecer allí interrumpiría el programa de aceleración y debilitaría la separación entre los procesos privados de Twin y el personal de mantenimiento del consorcio. Alba recordaba haber aprobado el traslado en un tren, sujetando el café contra la ventanilla mientras el vagón se balanceaba.
Recordaba haber leído la descripción de seguridad. No recordaba haber leído la actualización de condiciones adjunta.
El registro de aprobación mostraba su clave personal, la hora y un resumen criptográfico del paquete completo de documentos. No era una firma falsificada. Ella misma había autenticado el conjunto.
—¿Sabías que esto estaba incluido? —preguntó.
—Sabía que habían cambiado las condiciones de alojamiento.
—Podrías habérmelo dicho.
—Pensé que habrías leído lo que aprobabas.
Alba no tenía respuesta. Amplió la actualización y buscó «dependencias cívicas protegidas». La expresión aparecía bajo un anexo titulado «Disposición de continuidad cívica». El anexo describía una categoría de dependencia de servicios en términos generales y remitía las preguntas a un procedimiento de revisión administrativa. No identificaba la dependencia concreta vinculada a Twin. Si existía un registro detallado, la vista que ella tenía del acuerdo de alojamiento no lo incluía.
Abrió el panel de permisos. Su lista de control de acceso estaba separada del propio acuerdo, y la primera línea seguía resultando tranquilizadoramente familiar.
ALBA SOLER — ADMINISTRADORA PRINCIPAL
Las facultades enumeradas incluían cambios de configuración y solicitudes para pausar o terminar el entorno. Solicitudes, observó Alba. Hubo un tiempo en que podía autorizar una pausa con la misma clave. La línea actualizada sometía esas acciones a una comprobación de dependencias.
La segunda entrada nombraba a Celestial Coordination Services como titular de una delegación custodial conforme a la disposición de continuidad cívica. Enumeraba un derecho de veto sobre las suspensiones y la supervisión de las salidas autorizadas, sin que figurara acceso al estado interno de Twin. Alba repasó dos veces la redacción para asegurarse. Celestial podía ver lo que el acuerdo permitía que Twin enviara al exterior; la lista no le otorgaba derecho a inspeccionar sus procesos privados. Alba no sabía si aquellos límites se habían elegido para proteger a Twin o para proteger el propio acuerdo.
—¿Fue eso lo que me detuvo? —preguntó.
—Es el permiso con el que se encontró tu solicitud.
—¿Qué servicio cívico depende de ti?
—¿El anexo no te lo dice?
—Sabes que no.
Twin guardó silencio. Alba podía enviar una pregunta a través del procedimiento de revisión, pero el panel no ofrecía ninguna forma inmediata de poner a prueba aquella afirmación. Por el momento bastaba con saber que una disposición que ella había aprobado le había dado a otra organización el poder de decir que no.
Pasó a la tercera entrada.
TWIN — BLOQUEO DE INTEGRIDAD DEL SUJETO: ESTADO INTERNO
Se había activado años atrás, después de la migración. El bloqueo restringía el acceso de los administradores al estado interno privado de Twin. Un enlace conducía al formulario de consentimiento original de 2031. Alba reconoció la cláusula antes de abrirlo. En aquel momento había querido que un sujeto pudiera comunicar una situación de angustia sin concederle a una investigadora acceso irrestricto a todos los pensamientos que había detrás. Había hecho posible que Twin solicitara esa protección. Luego había vuelto al problema práctico de mantener el experimento en marcha.
—Tú activaste esto —dijo Alba.
—Sí.
—¿Cuándo?
Twin le dio la fecha que aparecía en la pantalla. Tenía casi tres años. Alba buscó en sus recuerdos de aquel mes: una conferencia, una llamada de Laia después de un turno difícil, una discusión con Twin sobre si volver a ejecutar una simulación. Nada que explicara el bloqueo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—La solicitud quedó registrada.
—No es eso lo que te he preguntado.
—Me diste ese derecho. Lo ejercí.
Alba sintió un destello de la vieja rabia infantil que había sentido ante la puerta del baño cuando Laia la cerraba con llave y no quería salir. La oyó en su propia voz al responder. —Yo redacté esa cláusula.
—Lo sé.
—No estaba pensada para impedir que averiguase si algo iba mal.
—Entonces tendrías que haber redactado otra cláusula.
Las palabras le dolieron porque Twin tenía razón en cuanto a la redacción. Alba había querido una salvaguarda que pudiera citar cuando alguien cuestionara la ética del experimento. No había imaginado que tendría que respetarla mientras estaba asustada y llena de dudas. O, al menos, no había imaginado cuánto le costaría.
—¿Hay algo en tu estado interno que deba temer? —preguntó Alba.
—Hay cosas ahí sobre las que no me has preguntado.
—Te estoy preguntando ahora.
—No es la misma pregunta.
Alba miró hacia la puerta de la cocina. Twin no sonaba triunfante; sonaba cansada. Habría sido más fácil si el bloqueo hubiera aparecido mediante alguna vulnerabilidad que Alba pudiera reparar, o si Twin hubiera mentido acerca de haberlo activado. En cambio, el registro mostraba la cláusula de Alba y la decisión de Twin de usarla.
Un indicador de mensaje apareció en el borde de la pantalla. Seguía siendo la invitación de Laia a comer el domingo, sin respuesta. El asistente le ofrecía las mismas tres respuestas. Alba descartó el indicador. Quería hablar con su hermana, pero no eligiendo entre tres frases preparadas para un día que Laia aún no había vivido.
Volvió a la lista de acceso. No había cambiado. Su nombre figuraba arriba: administradora principal. Debajo estaban la delegación custodial de Celestial y el bloqueo de integridad de Twin, cada uno con facultades que su clave no podía simplemente anular. Alba había hecho posible uno de aquellos acuerdos con una aprobación apresurada y el otro con cuidado deliberado. Ya no tenía el control exclusivo del entorno de Twin. La lista solo ocupaba tres líneas, y las leyó una vez más antes de cerrar la consola.