Boston, octubre de 2026.
El álbum yacía abierto sobre la alfombra, donde había caído. En el teléfono de Tina, Noah Bennett seguía teniendo treinta y dos años y estaba muerto.
Primero recogió el álbum. La funda de plástico se había doblado bajo él, pero la fotografía estaba intacta: luces de colores, los restos de una tarta de cumpleaños, Noah sosteniendo su grabadora como si se hubiera olvidado de que la tenía en la mano. Después dejó el álbum a su lado y abrió la esquela completa.
Allí figuraban su nombre, su edad y el mes: agosto de 2026. Había muerto inesperadamente por causas naturales. Debajo aparecían los nombres de sus padres, el de su hermana Grace y una frase sobre el amplio círculo de amigos, vecinos y colaboradores que lo echarían de menos.
Tina volvió a leer la expresión *causas naturales*. Le decía que no había habido ningún accidente, ninguna secuencia terrible que pudiera reconstruir y cuestionar. No le decía cómo había sido su último día corriente. Se descubrió buscando en la esquela una explicación que no podía ofrecerle y se obligó a seguir leyendo.
Tras algunos años fuera, Noah había regresado a Boston. Había dedicado sus últimos años a grabar sus barrios y a las personas que vivían en ellos. Más adelante ese mismo mes, un espacio comunitario de Jamaica Plain acogería un encuentro de escucha en su memoria. Eran bienvenidos todos los que lo hubieran conocido o cuyas historias él hubiera ayudado a conservar.
La última frase parecía dejarle un lugar a ella. El pensamiento la avergonzó casi en cuanto se le ocurrió.
Leyó la esquela por segunda vez. En su sala de montaje, a veces comprobaba dos veces un código de tiempo porque una sola cifra equivocada podía poner un sonido bajo el rostro que no correspondía. Allí no había nada que corregir. Agosto seguía siendo agosto. Grace seguía siendo Grace, aunque Tina nunca la había conocido. Habían pasado dos meses mientras Tina trabajaba, compraba comida y ayudaba a su madre a elegir cajas para la mudanza. Había imaginado a Noah en algún lugar del mundo, al alcance si decidía buscarlo.
Sobre su cabeza, el ventilador de techo hacía clic. Noah la había oído hablar de aquel ventilador una vez. Durante años, cada vez que se ponía en marcha, ella había pensado en su grabadora y en la lucecita roja que había entre ellos. No había pensado en él todos los días. Eso era parte de lo que hacía tan difícil explicar la conmoción.
Desde el pasillo llegó el golpe sordo de una caja al posarse en el suelo. Margaret volvió a llamarla, esta vez más cerca.
Tina puso el teléfono boca abajo antes de responder. «Estoy aquí».
«No me habías dicho nada de los adornos». Su madre apareció en la puerta con un rollo de cinta de embalar colgado de la muñeca. «¿Qué ha pasado?»
«Noah ha muerto».
Margaret la miró, esperando un apellido.
«Bennett —dijo Tina—. Noah Bennett».
«El chico de la grabadora. Te acompañó a casa desde la fiesta de Marisol».
Tina asintió. Margaret recordaba una tarde, a un chico al pie de las escaleras. No se le podía pedir que recordara lo que Tina había llegado a sentir por él. Aun así, por un instante, la diferencia entre aquellas dos versiones de esa noche le resultó insoportable.
«Ay, cariño». Margaret entró y se sentó a su lado en la alfombra. «¿Cuándo?»
«En agosto. He encontrado una esquela». Tina dio la vuelta al teléfono y se lo mostró. Margaret leyó despacio, sin hacer ninguno de los sonidos que solía hacer cuando encontraba algo sorprendente en internet.
«Treinta y dos años», dijo por fin. Le devolvió el teléfono. «Lo siento».
Tina quería hablarle de los doce años durante los cuales podría haberlo buscado y no lo había hecho. Quería explicarle que acababa de decidir hacerlo, allí sentada en aquella habitación. Pero Margaret la miraba a ella, no al teléfono, y Tina no soportaba describir un reencuentro que solo había existido en su cabeza.
«Prepararé té», dijo Margaret.
«Has guardado la tetera».
«He guardado la buena. La vieja sigue en los fogones». Se levantó y le tendió una mano a Tina. «Vamos».
En la cocina, Margaret apartó dos cajas con el pie para llegar a los fogones. Solo quedaba una taza en el armario, una azul y desportillada que Tina le había comprado para un Día de la Madre muchos años atrás. Margaret la lavó, aunque estaba limpia, y puso dentro una bolsita de té. Tina se sentó sobre una caja marcada COCINA mientras se calentaba el agua. Su madre ocupó la otra.
«¿Seguisteis en contacto?», preguntó Margaret.
«Hace mucho que no».
Margaret asintió. La tetera empezó a silbar, con un sonido bajo e inseguro. Se levantó para servir el agua y luego llevó la taza hasta Tina y se la puso en las manos.
«Erais unos críos», dijo al volver a sentarse.
Tina sujetó la taza caliente por el asa. «No fue algo sin importancia».
«No he dicho que lo fuera».
Ninguna de las dos habló durante un rato. En la habitación contigua, el ventilador seguía haciendo clic, y en algún lugar de la calle un camión daba marcha atrás. Margaret alargó la mano para alisar una tira de cinta que se despegaba de la caja más cercana. Dejó que Tina estuviera a solas con su té.
Tras unos sorbos, Tina dijo: «Habrá un encuentro de escucha por él, más adelante este mes. Aquí, en Jamaica Plain».
«Podrías ir».
«No lo sé».
«No tienes que decidirlo sentada en una caja». Margaret miró el asiento que ocupaba ella misma. «Aunque yo he tomado así la mayoría de mis decisiones esta semana».
Tina sonrió a su pesar. Llevó la taza al fregadero y la enjuagó. De vuelta en el salón, abrió el álbum por la fotografía de la fiesta y despegó una esquina de la funda de plástico. Ofreció resistencia y luego salió. En el reverso, con la letra de Margaret, ponía *Los dieciséis de Marisol*. No había nombres. Margaret había querido guardar el recuerdo de una velada, no el de Noah.
«¿Puedo llevármela?», preguntó Tina.
«Por supuesto». Margaret ya estaba junto a la pila de cuadernos. «El álbum también, si lo quieres».
«De momento, solo la foto». Tina deslizó la fotografía entre dos páginas de su propio cuaderno para que no se doblara de camino a casa.
***
Aquella noche, Tina dejó la fotografía junto al portátil, sobre la mesa de la cocina de su apartamento. La mesa era demasiado grande para la habitación; Evan y ella la habían medido dos veces antes de comprarla y, aun así, se habían llevado una sorpresa. Al otro lado de la habitación, un tramo vacío de la estantería mostraba dónde habían estado los libros de él. Su taza favorita solía estar en el estante de debajo, al alcance desde la mesa. Tina había seguido dejando libre aquel sitio durante semanas después de que él se mudara.
Encontró la entrevista entre los resultados de búsqueda que había visto en casa de su madre. Era un vídeo corto realizado unos años antes por un colectivo artístico del barrio. En el fotograma inicial aparecía Noah junto al escaparate de una tienda, con unos auriculares alrededor del cuello.
Tina pulsó el botón de reproducción.
Su voz era más grave y más pausada de lo que recordaba. Había esperado reconocerla enseguida. En cambio, tuvo que escuchar la forma de ciertas palabras, el modo en que se inclinaba hacia una pregunta antes de responderla. Entonces se rio a mitad de una frase sobre lo difícil que era convencer a la gente de que el sonido de una tienda al cerrar importaba, y ahí estaba él.
El entrevistador le preguntó por qué grababa lugares que estaban cambiando. Noah habló de vecinos mayores cuyos recuerdos de una calle no coincidían con los letreros más recientes. Habló de tenderos que cerraban definitivamente y de una tienda de la esquina que se había convertido en un local de zumos. «No tengo nada contra los zumos —dijo—. Solo me habría gustado que alguien grabara la vieja nevera antes de llevársela. Hacía un ruido como el de un barco intentando arrancar».
Tina se rio y luego se detuvo. Nunca le había oído hablar de aquella tienda. Puede que ni siquiera fuera la que ellos frecuentaban de adolescentes. Por un momento había querido que lo fuera.
El entrevistador le preguntó si siempre había trabajado en Boston. Noah negó con la cabeza. Había pasado un par de años en Nueva York, convencido de que se haría famoso. «Sobre todo aprendí a subir equipo por las escaleras —dijo—. Una habilidad útil, la verdad. No era el plan de carrera».
Sonrió al decirlo, pero Tina advirtió la facilidad con que reconocía que aquel plan había fracasado. A los dieciséis años había hablado como si no hubiera un límite razonable para lo que una persona podía conservar con una pequeña grabadora. El hombre del vídeo se había marchado, había vuelto y había encontrado un trabajo que consideraba valioso. Ella no sabía casi nada de los años transcurridos entre esos momentos.
«La gente siempre quiere los grandes momentos —continuó él—. Los discursos, el último día que un lugar está abierto. La mitad de las veces, las grabaciones aburridas son las buenas».
La mano de Tina se quedó inmóvil sobre el panel táctil. En la fiesta de Marisol, él había dicho que su respuesta sobre el ventilador y los tarareos de su madre era buena. ¿Habría conservado aquella idea? Casi podía oírlo diciéndole esa frase a ella, aunque la entrevista se había grabado mucho después de que dejaran de hablarse.
Miró la fecha que aparecía bajo el vídeo. No había motivo para incluirse a sí misma en la respuesta de Noah. Apartó la mano del panel táctil y lo dejó terminar.
Cerca del final, el entrevistador le preguntó si Noah dejaba alguna vez de grabar. «En casa bromeamos con que grabo la tetera más de lo que bebo de ella —dijo—. Hay gente que me confiscaría encantada las pilas».
Tina reparó en aquel *bromeamos*. Antes de que pudiera decidir qué significaba, el entrevistador le dio las gracias y comenzaron los créditos. Volvió a la parte de la tienda. Escuchó otra vez su imitación de la nevera y sonrió ante aquel espantoso gemido mecánico. Cuando el vídeo terminó por segunda vez, lo dejó en pausa.
La fotografía estaba junto al portátil. En ella, Noah tenía el pelo aplastado por un lado, quizá por el calor. Tina se preguntó si aún existiría la grabación de aquella noche. *TINA 8-21-10*: podía imaginar las letras en la diminuta pantalla porque él se había asegurado de enseñárselas. Fuera lo que fuese de aquel aparato después, ella le había confiado un minuto de su voz y había confiado en que lo conservaría.
Abrió una antigua cuenta de correo electrónico. La bandeja de entrada tardó en cargar. Buscó 2014 y vio aparecer la lista, con fechas y asuntos tan próximos entre sí que no podía distinguir cuál había sido el último intercambio. Dejó la mano suspendida sobre el teclado. Cerró la pestaña sin abrir ningún mensaje.
La versión de aquellos años que se sabía de memoria era más sencilla de lo que sería cualquier bandeja de entrada. Noah se fue a Nueva York en 2013. Al principio hablaban a menudo por teléfono. Luego las llamadas se fueron espaciando y, para 2014, habían dejado de hablar. Cuando Tina se contaba a sí misma cómo había sucedido, era él quien se había ido alejando.
Recordaba haber esperado una llamada una tarde, con el teléfono sobre el escritorio mientras intentaba terminar un trabajo. Recordaba haberse dicho que no volviera a mirarlo. Había otras tardes que recordaba con menos claridad. Ella tenía sus motivos para esperar; él debía de tener motivos para lo que estuviera haciendo. Ahora no podía preguntárselo.
Las palabras de Evan volvieron con una precisión desagradable: *No puedo seguir compitiendo con una versión del amor que solo existe en tu cabeza*. Había pensado en Noah como en un chico que algún día podría entrar por una puerta. El hombre del vídeo había pasado años entrando en otras habitaciones y hablando con otras personas. Había estado vivo todo ese tiempo. Ella lo sabía, en abstracto. Aquella noche había oído su voz.
Tina cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó la frente en ellos. Le ardían los ojos. Se incorporó, se sirvió un vaso de agua y se bebió la mitad de pie junto al fregadero; después volvió al portátil. El rostro de Noah había quedado congelado entre dos expresiones: ni sonreía ni estaba serio. La fotografía que había al lado mostraba otro rostro a otra edad.
Al final llevó la fotografía a la estantería, donde estaría a salvo si se derramaba un vaso, y apagó la luz de la cocina. Dejó el portátil abierto con la entrevista en pausa. En la cama, esperó el familiar clic del ventilador de su madre antes de recordar que en su apartamento no había ninguno. Durmió a ratos.
***
A la mañana siguiente, la sala de montaje del centro estaba fresca y no tenía ventanas. Tina tenía que editar una entrevista para un cliente: cuarenta minutos de una mujer hablando de la panadería que había llevado con su hermano antes de que él se jubilara. La mujer se rio por algo que ocurrió fuera de cámara. Tina marcó la risa, siguió adelante y luego retrocedió para escucharla otra vez.
A la tercera pasada, Jules, su ayudante de montaje, llamó al marco de la puerta abierta. «¿Es una toma adicional?»
«¿Qué?». Tina se levantó uno de los auriculares de la oreja.
«Has reproducido ese fragmento unas cuantas veces. Me preguntaba si el sonido estaba mal».
«No. Está bien».
Jules miró el monitor y luego a ella. «¿Estás bien?»
Tina detuvo la reproducción. «Ha muerto alguien a quien conocía hace tiempo».
La frase era exacta. Sonaba demasiado pequeña para contener los años durante los que se habían conocido y demasiado grande para describir los años transcurridos desde entonces.
«Lo siento —dijo Jules—. Si lo necesitas, puedo encargarme del primer montaje».
«¿Podrías? Solo de la entrevista».
«Claro». Jules entró a por la unidad de almacenamiento; Tina la desconectó y se la entregó. Le indicó dónde estaban las notas del cliente, incluida la petición de mantener íntegra la respuesta de la mujer sobre su hermano. Jules asintió y volvió a la habitación contigua.
Aunque ya no tenía la entrevista, Tina seguía oyendo la risa de la mujer. Había vuelto a ella porque sonaba a una interrupción que la mujer recibía de buen grado. El montaje final podía conservar un segundo de aquel sonido o perderlo entre dos frases. Tina solía tomar esa decisión preguntándose qué mostraba el resto de la entrevista. Había conocido a Noah durante cuatro años de adolescencia y había llevado consigo un fragmento mucho más breve de él durante los doce años siguientes.
Sacó el teléfono y buscó de nuevo la esquela. El encuentro de escucha en su memoria tenía una fecha y una dirección a la que podía llegar en tren. Anotó ambas en una nota adhesiva y la pegó en el borde del monitor. Luego envió a Jules un breve mensaje de agradecimiento y abrió el proyecto en el que podía trabajar hasta la hora de comer.
Iría para despedirse, se dijo. No tenía que decidir qué más esperaba oír.
Cuando salió del edificio aquella tarde, el aire había refrescado. Unas cuantas hojas se habían acumulado junto al bordillo y se agitaban cada vez que un autobús arrancaba. Tina metió las manos en los bolsillos del abrigo y caminó hacia la estación. La fecha del encuentro, escrita de su puño y letra, la esperaba sobre el escritorio.